viernes, 9 de septiembre de 2011

RECORTES SOCIALDEMÓCRATAS (I): "El retorno triunfal de John Maynard Keynes"

   
      Iniciamos aquí la serie "recortes socialdemócratas", un conjunto de artículos con intención de dar difusión a las principales voces críticas del pensamiento progresista, en un intento de generar difusión de ideas y planteamientos de economistas, políticos, sociólogos, filósofos... etc., y en general especialistas de todas las ramas en la pugna constante por mostrar a la sociedad civil la existencia de un camino alternativo al "pensamiento único" y a ese su intervencionismo regresivo que realiza bajo la proclama de una falsa libertad.

      Como cualquier otra, la teoría económica de Keynes no era ni mucho menos perfecta. Al contrario que las demás, probablemente no pretendía serlo, como muestra que el propio Keynes escribiese una carta de felicitación a Hayek tras leer su Camino de Servidumbre (1936)en el que el economista austriaco defendía la tesis de que todo intervencionismo conduce al totalitarismo, y el totalitarismo a la negación de la libertad individual mirando al New  Deal de Rooselvelt inspirado en los postulados keynesianos de inversión pública, y que es desde entonces uno de los libros de cabecera del pensamiento liberal. 

      Keynes tampoco fue nunca socialista. Son famosos sus escritos en los que defiende explícitamente que, frente a la "dictadura del proletariado" que comienza a presentarse como definitivamente asentada en Rusia durante la época en la que él escribe su Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero (1936)él se posicionaba convencídamente en el lado de los "educados burgueses", como también son famosas sus críticas a El Capital de Marx. Como muchos historiadores y economistas dicen, Keynes no vino a sustituir al capitalismo, sino a salvarlo. Sin embargo, Keynes tampoco era un idólatra del capitalismo,  como dice Robert Skidelsky, no llegó  exactamente a predicar el capitalismo,, pero tampoco a enterrarlo, creía que, a pesar de todos sus defectos, era el mejor sistema económico existente, una etapa necesaria en el tránsito de la escasez a la abundancia. Y es por  esa  posición intelectual  avanzada por lo que supo encontrar el talón de Aquiles de la economía clásica y apartarse de ella. En su magnum opus de 1936 escribe: "Los principales inconvenientes de la sociedad económica en que vivimos son su incapacidad para procurar la ocupación plena y su arbitraria y desigual distribución de la riqueza y los ingresos". Es por ello, por ser Keynes un teórico del capitalismo, por el cual la izquierda radical atacó con ferocidad a la socialdemocracia cuando ésta adoptó sus tesis y dejó de un lado la planificación económica a partir del congreso del SPD alemán en 1951. Sin embargo, la aplicación de estas ideas durante el "consenso de posguerra" dio lugar al periodo de mayor auge y crecimiento de la historia de la humanidad, acompañado de la construcción del Estado del Bienestar europeo y, por tanto, de unas inusitadas condiciones de justicia social hoy casi reducidas a un espejismo de lo que en su día fueron.

      Si ello fue así, ¿por qué se resquebrajo este esquema de pensamiento? Ciertos elementos  de la relación consumo-ahorro-inversión fueron objeto de fuertes críticas en las décadas posteriores a la publicación, así como otros aspectos relacionados con el papel de las tasas de interés. Sin embargo, lo que realmente llevó a la defenestración del keynesianismo originario no fueron los posibles puntos débiles de su teoría, sino que como ha ocurrido a lo largo de la historia en numerosas ocasiones, los seguidores de sus tesis fueron más keynesianos que el propio Keynes: radicalizaron muchos de sus planteamientos y sobredimensionaron partes de sus ideas. Y es que, esa deformación del pensamiento keynesiano en su aplicación práctica dió lugar al fenómeno de la "estanflacción" (bajo crecimiento y altas tasas de inflacción): como demostró Friedman, el consumo de los individuos no depende tanto de su renta presente como de sus expectativas de futuro, de modo que después de un periodo de estímulo sostenido, las personas introducirían las expectativas de los propios estímulos futuros a la demanda en sus decisiones, lo cual anularía cualquier efecto positivo de las políticas expansivas de la demanda sobre el empleo; así desde el Estado se pretende mantener una baja tasa de desempleo mediante una política de generar mayor demanda y, en general, mayor inflación, la eficacia de tales políticas será sólo temporal, pues cuando el estímulo se mantiene en el tiempo, ya no proporciona el mismo impulso al empleo que al principio debido a la adaptación de los individuos a ese contexto. La consecuencia de esa interpretación extensiva, que atentaba contra uno de los principios básicos del keynesianismo: el entorno de icertidumbre, fue que el paradigma keynesiano no pudiera soportar la  decisión de la OPEP de multiplicar por cuatro los precios del petróleo como arma frente Occidente tras la derrota árabe en la Guerra del Yom Kippur (1973). A mediados de los `70, los gobiernos renunciaron a las recetas keynesianas para salir de la crisis y este paradigma se resquebrajó estrepistosamente ante la alegría de los conservadores, hartos de estar sometidos a un sistema fiscal fuerte con el que se financiaban pensiones, educación y, en Europa, sanidad. En 1979 Tatcher llegaba al poder en Inglaterra, y sólo un año más tarde, Reagan ocupaba la Casa Blanca. Era el retorno al laissez-faire.

      Sin embargo, sus planteamientos fueron estudiados a conciencia por economistas, muchos de ellos Premios Nobel, de la talla de Paul Samuelson, John Hicks, Robert Solow, Franco Modigliani, Paul Davidson, Hyman Minsky, James Tobin, William Nordhaus, Paul Krugman o Joseph Stiglitz, que redefinieron, algunos desde un progresismo explícito, gran parte de sus axiomas y reformaron su teoría, enriqueciéndola con aportes de otras corrientes y la dotaron de un vigor renovado para enfrentarse de nuevo como verdadera alternativa al consenso surgido de la "revolución conservadora" de Tatcher, Reagan y el Consenso de Washington, cuyo edificio teórico se derrumbo estrepitosamente a partir del 2008, tal y como el propio Alan Greenspan, uno de sus principales constructores, reconoció al abandonar expulsado la FED en pleno colapso. Es por ello que Keynes goza hoy de más vigencia que nunca, pues del "grosero keynesianismo" del que hablaba Friedman hemos pasado al desfile de planes y planes de salvamento cuya cuantía era directamente proporcional al tamiz conservador del gobierno que la implementaba. Paradojas de la vida



EL RETORNO TRIUNFAL DE J. M. KEYNES (de por J. Stiglitz)

"Ahora somos todos keynesianos. Incluso la derecha en Estados Unidos se sumó al bando keynesiano con un entusiasmo desenfrenado y en una escala que, en algún momento, habría sido verdaderamente inimaginable.

Para quienes nos adjudicábamos alguna conexión con la tradición keynesiana, éste es un momento de triunfo, después de que nos dejaran en el desierto, prácticamente ignorados, durante más de tres décadas. En un nivel, lo que está sucediendo ahora es un triunfo de la razón y la evidencia sobre la ideología y los intereses.

La teoría económica se había dedicado a explicar durante mucho tiempo por qué los mercados sin obstáculos no se autocorregían, por qué se necesitaba regulación, por qué era importante el papel que jugaba el Gobierno en la economía. Pero muchos, especialmente la gente que trabaja en los mercados financieros, presionaban por una suerte de fundamentalismo de mercado. Las políticas erróneas resultantes -impulsadas, entre otros, por algunos miembros del equipo económico del presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama- ya antes habían infligido enormes costos a los países en desarrollo. La luz se hizo justo cuando esas políticas empezaron a generar costos en Estados Unidos y otros países industriales avanzados.

Keynes sostenía no sólo que los mercados no se autocorregían, sino que, en una crisis pronunciada, la política monetaria probablemente resultara ineficiente. Se necesitaba una política fiscal.

Pero no todas las políticas fiscales son equivalentes. En Estados Unidos hoy, con una montaña de deuda inmobiliaria y un alto nivel de incertidumbre, los recortes impositivos probablemente resulten ineficientes (como lo fueron en Japón en los años 1990). Gran parte, si no la mayor parte, del recorte tributario norteamericano del pasado mes de febrero fue destinado al ahorro.

Con la enorme deuda que deja atrás la Administración de Bush, Estados Unidos debería estar especialmente motivado para obtener el mayor estímulo posible de cada dólar invertido. El legado de subinversión en tecnología e infraestructuras, especialmente del tipo verde, y la creciente brecha entre los ricos y los pobres requieren una congruencia entre el gasto a corto plazo y una visión a largo plazo.




Eso exige la reestructuración de los programas tanto tributario como de gasto. Bajarles los impuestos a los pobres y aumentar los beneficios de desempleo al mismo tiempo que se aumentan los impuestos a los ricos puede estimular la economía, reducir el déficit y disminuir la desigualdad. Reducir el gasto en la guerra de Irak y aumentar el gasto en educación puede incrementar la producción en el corto y largo plazo y, al mismo tiempo, reducir el déficit.

A Keynes le preocupaba la trampa de la liquidez -la incapacidad de las autoridades monetarias para inducir un incremento en la oferta de crédito a fin de aumentar el nivel de actividad económica-. El presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Ben Bernanke, hizo un esfuerzo por evitar que se culpara a la Fed de agravar esta crisis de la misma manera que se la responsabilizó por la gran depresión, asociada con una contracción de la oferta monetaria y el colapso de los bancos

Y aun así deberíamos leer la historia y la teoría con cuidado: preservar las instituciones financieras no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un fin. Lo importante es el flujo de crédito y la razón por la cual el fracaso de los bancos durante la gran depresión fue importante es que participaban en la determinación de la capacidad crediticia; eran los depositarios de información necesaria para el mantenimiento del flujo de crédito.

Sin embargo, el sistema financiero de Estados Unidos cambió drásticamente desde los años treinta. Muchos de los grandes bancos salieron del negocio del préstamo y se metieron en el "negocio con movimiento". Se centraron en comprar activos, reempaquetarlos y venderlos, al mismo tiempo que marcaron un récord de incompetencia a la hora de evaluar el riesgo y analizar la capacidad crediticia. Se invirtieron cientos de miles de millones de dólares para preservar estas instituciones disfuncionales. Ni siquiera se hizo nada para reencauzar sus estructuras perversas de incentivos, que alentaban el comportamiento cortoplacista y la toma de riesgos excesiva. Con recompensas privadas tan marcadamente diferentes de los retornos sociales, no sorprende que la búsqueda del interés personal (codicia) condujera a consecuencias tan destructivas desde un punto de vista social. Ni siquiera velaron por los intereses de sus propios accionistas.

Mientras tanto, es muy poco lo que se está haciendo para ayudar a los bancos que efectivamente hacen lo que se supone que deben hacer los bancos: prestar dinero y evaluar la capacidad crediticia.

El Gobierno federal asumió miles de millones de dólares en pasivos y riesgos. Al rescatar al sistema financiero, tanto como en política fiscal, necesitamos preocuparnos por el "retorno de la inversión". De lo contrario, el déficit -que se duplicó en ocho años- aumentará aún más.

En septiembre se decía que el Gobierno recuperaría su dinero con intereses. A medida que se incrementó el rescate, cada vez resulta más evidente que éste era simplemente otro ejemplo más de una mala apreciación del riesgo por parte de los mercados financieros, como vienen haciendo consistentemente en los últimos años. Los términos de los rescates de Bernanke y Paulson eran desventajosos para los contribuyentes y, aun así, a pesar de su volumen, hicieron poco para reactivar el préstamo.

La presión neoliberal para una desregulación también satisfacía algunos intereses. A los mercados financieros les fue bien a través de la liberalización del mercado de capitales. Permitir a Estados Unidos vender sus productos financieros riesgosos y participar en una especulación en todo el mundo puede haber beneficiado a sus compañías, aunque esto les impusiera grandes costos a otros.

Hoy, el riesgo es que se utilice y se abuse de las nuevas doctrinas keynesianas para satisfacer algunos de estos mismos intereses. ¿Acaso quienes presionaron por la desregulación hace 10 años aprendieron la lección? ¿O simplemente querrán imponer reformas cosméticas: el mínimo requerido para justificar los rescates de megabillones de dólares? ¿Hubo un cambio de parecer o solamente un cambio de estrategia? Después de todo, en el contexto de hoy, perseguir políticas keynesianas parece incluso más rentable que ir detrás del fundamentalismo de mercado.

Hace 10 años, en el momento de la crisis financiera asiática, se discutió mucho sobre la necesidad de reformar la arquitectura financiera global. Poco se hizo. Es imperativo que no sólo respondamos adecuadamente a la crisis actual, sino que emprendamos reformas a largo plazo que serán necesarias si queremos crear una economía global más estable, más próspera y equitativa."




Joseph Stiglitz es profesor de Economía en la Universidad de Columbia, premio Nobel de Economía en 2001 por su análisis del funcionamiento de los mercados y sus fallos, e integrante de la Fundación IDEAS del PSOE. La importancia de sus teorías le lleva a ostentar el título de economista más citado de la Historia, por encima de Smith, Keynes, Samuelson, Friedman o Hayek.

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