lunes, 30 de abril de 2012

LA ESPAÑA QUE PUDO SER: REFLEXIÓN SOBRE LAS CAUSAS DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA.


Con independencia del grado de profundidad con el que deseen abordarse, la sistematización del conglomerado de elementos causantes de la Guerra Civil española se perfila como un ejercicio sumamente complejo. Desde mi punto de vista, ello no es debido tanto al gran número de potenciales causas que pueden identificarse como “raíces” del conflicto, siendo no obstante éstas elevadas desde una óptica cuantitativa, sino, en realidad, a la fuerte interrelación de las mismas en un conjunto de procesos políticos y sociales de naturaleza dinámica que, en muchas ocasiones, obliga a indagar en el largo plazo previo al estallido del conflicto militar y a atender al mutuo influjo de dichos elementos. Esta advertencia previa parte de que considero que, contra lo que actualmente parece ser una burda moda periodística profundamente dañina desde el punto de vista tanto para la dignidad democrática en general como para los estudiosos de la historia en particular, los elementos que confluyen en el origen de la Guerra Civil española no son susceptibles de un análisis reduccionista y, ni mucho menos, si éste tiene vocación de alterar el análisis histórico en favor de intereses políticos.

Partiendo de ello, la primera disección entre causas que ayude a perfilar este complejo panorama partiría de situar, por una parte, las causas “puramente nacionales”, respecto de, por la otra, aquellas de carácter internacional. En ese sentido, es evidente que la convulsa situación que acompaña al periodo de entreguerras, cuya  extremismo político azuzó la radicalización interna de las fuerzas políticas españolas al dotarles de un referente externo que ayudara a solidificar la legitimidad de dichas opciones ante el resto de la sociedad, tuvo como consecuencia tanto la intensificación del grado de oposición a la República desde las fuerzas reaccionarias como el progresivo movimiento de los grupos sociales que constituían los basamentos iniciales republicanos hacía unas opciones políticas cuyas perspectivas, aún siendo irrenunciable la forma de Estado republicana, acabarían distanciándose de la formulación inicial de la República como democracia liberal. No obstante, es cierto que esta segunda dinámica se aprecia especialmente a partir del estallido de la Guerra, de modo que creo que se puede considerar que no es menos cierto que ello se trata de un proceso latente motivado por la violenta y reaccionaría oposición hacía cualquier avance reformista de las fuerzas progresistas-republicanas.

Además, el estallido del Crack del `29 y la consecuente crisis económica internacional que impactará en España tras la implantación por la mayoría de potencias internacionales de políticas comerciales proteccionistas a partir de 1931-1932, no solo tendrá como consecuencia la limitación del margen de maniobra, por la reducción de recursos disponibles, de cualquier política reformista orientada a las bases sociales que sustentaban el nuevo régimen democrático, sino que la miseria y declive económico generada por dicha convulsión económica actuará como combustible para la mencionada radicalización internacional e interna de la política con el consecuente aumento del peso de los extremismos contra la democracia liberal. De nuevo, este proceso es extremadamente más marcado en las fuerzas de la derecha, pero parece comenzar a notarse a partir de 1934 en las fuerzas de izquierda, ya que, desde mi punto de vista, parece que, a partir de entonces, comienza a atisbarse en su base social, primero tenuemente, como demuestra la escasa relevancia del PCE al inicio de la Guerra, que sólo una basculación en ese sentido era capaz de dotar a la izquierda de una fuerza suficiente como para frenar el ascenso exponencial de la derecha reaccionaria y su brutalidad.

 Exponente de la miseria generada en la Gran Depresión

 Por tanto, aunque es evidente que, tal y como señalan autores como H. TOMAS, aunque la Guerra Civil Española es una “guerra nacional”, es decir, un conflicto en el que vienen a enfrentarse dos opciones antagónicas de dilucidar el cómo afrontar (o esconder) los enormes fracasos cometidos por España como Estado hasta la fecha, no es menos cierto que la II República es también víctima de su contexto internacional, hecho que se consumaría posteriormente con el apoyo masivo de las potencias fascistas al bando sublevado ante la anuncia de las democracias europeas en su auxilio a la República ante el temor al poderío de las primeras.

  A. Hitler en un mitin del Parido Nazi

 No obstante, entrando en los factores puramente nacionales, es evidente que entre éstos se encuentran, como se ha dicho, lo que a veces se han denominado como “fracasos” nacionales en la construcción del país en progreso. No obstante, y aún arriesgo de caer en un partidismo que ya he señalado que considero que es el causante de inmensas confusiones, algunas de ellas deliberadamente buscadas, en el análisis de este tema, el concepto de “fracaso nacional” o similares implicaría un esfuerzo colectivo, es decir, conjunto y recíproco en alcanzar una situación como Estado que pudiera calificarse como de desarrollo y progreso y que, por el contrario, no habría llegado a éxito. Sin embargo, no creo que dicho concepto pueda adecuarse a los porqués del endémico atraso institucional, político, económico, social y, salvo excepciones notables, intelectual que presentaba España a fecha de 1930. Para responder a dichos porqués, creo que no es partidista aventurar todos aquellos elementos dotados a lo largo de todo el S. XIX y principios del XX de poder político e institucional, es decir, Corona, Iglesia, Aristocracia y buena parte del Ejército, supusieron una rémora de peso descomunal ante cualquier intento de apertura intelectual, política y social, siendo éstos movimientos frente a los cuales reaccionarían ejerciendo una brutalidad contestataria obsesionada en el mantenimiento de unas estructuras políticas y morales, aunque ello se engalanase bajo fatuas forma de patriotismo o religiosidad, que no tenían otro beneficio que su autoperpetuación en el poder mientras la nación perdía todos los trenes del progreso. Así, a fecha de 1930 España, inmersa en una monarquía decadante, no había solucionado prácticamente ninguno de los problemas que habían sido enfrentados y resueltos en Europa por la Revolución liberal decimonónica. En otras palabras, el turbulento S. XIX no había conseguido abordar satisfactoriamente los problemas de la separación Iglesia-Estado, el sufragio (no ninguneado mediante el caciquismo), el reparto de la tierra o, especialmente, el desarrollo industrial y económico. En ese sentido, creo que no es demagógico considerar que la situación de pobreza, analfabetismo, desigualdad y servidumbre y atraso político y tecnológico en que se encontraba buena parte de España  en el advenimiento de la II República no puede calificarse de “fracaso nacional”, sino, en su caso, de “fracaso institucional”, pues fueron las instituciones detentadoras de poder las que, con su actuación y comportamiento, frenaron cualquier impulso de progreso al ser éste implícita o explícitamente peligroso para su autoperpetuación  en el poder a costa de la miseria de una gran parte de la población. Sería ésta gran masa social la que, finalmente, daría su voto a a las candidaturas socialistas y republicanas en 1931 en un intento de dejar pasar página histórica al sometimiento y, en muchos casos, la servidumbre.

Proclamación de la II República 

En ese sentido, es evidente que la nueva II República conjugaba, por una parte, fortísimas aspiraciones y esperanzas de un pueblo sumergido en el hastío de una monarquía pseudoparlamentaria decadente sustenta sobre los elementos culpables del atraso del país, y, de hecho, ser en sí misma uno de ese elementos, e inmersa, además, en una guerra colonial sin sentido cuyo peso recaía sobre las clases populares, con, por la otra, enormes carencias institucionales y políticas para llevar a cabo un programa real de verdadera transformación nacional (objetivo que creo que se puede considerar, una vez se hace una lectura meramente superficial de la Constitución republicana, como el verdadero objetivo espiritual del nuevo régimen). Sin embargo, considero que fueron esas carencias de capacidad de actuación de la nueva democracia las que fueron aprovechadas por las fuerzas que comenzaban en ella a perder su arcaico poder tradicional, fuertemente activas desde prácticamente el comienzo de la II República y en ascenso a lo largo de la misma, para ejercer una oposición tal que su brutalidad comenzaría a provocar la radicalización de una bases sociales republicanas que, sin embargo, sí habían sido las depositarias los males del endémico atraso social y cultural.

En ese sentido, la obstaculización constante y enérgica, en muchos casos violenta, a las reformas impulsadas por los primeros gobiernos republicanos, los cuales, por otra parte, intentaron sin demasiada capacidad de planificación abordar las causas de un atraso, cuyas con raíces se hundían en los siglos anteriores, en bloque y en un corto espacio de tiempo, el retroceso de la nueva democracia con la llegada al poder de las derechas en 1933, la falta de recursos para llevar delante de manera efectiva los programas de contenido socio-laboral y el consecuente aumento de la conflictividad laboral ante la frustración de las expectativas, la violenta puesta en cuestión de la legitimidad republicana, acusada de atentar contra las “esencias nacionales”, la consecuente radicalización de las organizaciones políticas y sociales, incluida una juventud cada vez más politizada y una Iglesia cuyos postulados dotaban de un halo de “moderación” a los presupuestos más radicales del vaticano, la incomprensión por parte de las viejas élites del fenómeno plural en cuanto a Catalunya y Euzkadi…etc., terminaron por conllevar una acumulación de elementos mutuamente retroalimentados que llevó a la tan pretendida disfuncionalidad de la democracia republicana y al enfrentamiento entre lo que poéticamente se ha llamado “las dos Españas”.

Movilización del pistolerismo falangista

Sin embargo, hemos de plantearnos si realmente, a fecha de julio de 1936, nos encontramos realmente ante la quiebra social del país en “dos Españas” o, por el contrario, ante una España atrasada que había perdido cualquier oportunidad de progreso a lo largo del último siglo y medio en la que las condiciones de vida del “español medio” divergían profundamente de las de sus comparables europeos frente a, por qué no decirlo, todas aquellas fuerzas reaccionarias, no sin cierto apoyo también social, culpables de dicha miseria y que buscaron y alentaron mediante la violencia y el ataque la radicalización del oponente para alegar dicha radicalización como argumento legitimador para acudir, se supone que una vez más, en la salvación de una patria de cuyo atraso, por sus intereses, eran los directos responsables.

Altos jerarcas de la Iglesia Católica apoyando el golpe de Estado en los días posteriores al 18 de julio.

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