domingo, 8 de julio de 2012

UNIVERSIDAD, MERITOCRACIA Y POLÍTICAS NEOLIBERALES


De la mano de su rodillo parlamentario e institucional, la reformulación de los valores de “mérito”, “capacidad”, “esfuerzo” se ha convertido en una moda de la nueva ortodoxia conservadora comparable a la que se realizó en el mundo anglosajón con los conceptos de “libertad”, “igualad” y “democracia” a lo largo de la primera oleada neoliberal de los `80. Es decir, una apropiación ilegítima de los mismos para, utilizándolos como coartada propagandística, y dotándolos de un significado distorsionado y reduccionista, implementar una serie de políticas contrarias, en realidad, al significado universal de los mismos.

En términos de discurso político, ¿por qué la derecha apela tanto a la meritocracia y el esfuerzo si lo que realmente determina las posibilidades de progreso individual en su sistema ideal es el estrato social de nacimiento (el que abre puertas según las convenciones sociales y permite financiar la adquisición de capital humano superior aún sin esfuerzo previo -por si alguien tiene alguna duda todavía, ver:  http://www.project-syndicate.org/commentary/the-price-of-inequality/spanish)? Desde mi punto de vista, no creo que la respuesta a ello se aleje mucho del razonamiento de que los mecanismos de movilidad social, en régimen de universalidad e igualdad de oportunidades, ponen en peligro ese estatus privilegiado del que disfrutan quienes aplican estas políticas y que, en ausencia de actuación de dichos mecanismos, se autoreproduce generacionalmente al premiar en virtud del estrato  de origen y no de la capacidad individual de la que tanto hablan, pues, directamente, en virtud de dicho estrato se limita la posibilidad de acceder a la formación necesaria en la cual demostrar dicha capacidad. No hace falta ir mucho más allá de este hecho como para corroborar la quiebra de su argumentación y lo demagoga de la misma. 



En ese sentido, esta nueva ortodoxia hereda la arrogancia consustancial a su ADN de tergiversar y manipular el lenguaje de manera populista, pues, al igual que la oleada anterior, deja claro que toma por estúpido al público al pervertir el significado de valores y conceptos. Sin embargo, y por si quedaba alguna duda de la vacuidad de este mensaje, al menos algunos de los teóricos clásicos del neoliberalismo eran más honestos en cuanto a defender a las claras una estructura social en la que fueran ellos y sus correligionarios los que se  les perpetuaran en la cúspide al no tener en pudor en reconocer que no existe ese vínculo entre capacidad y mercado:

"41. Debe admitirse sin reservas que el orden de mercado no da lugar a ninguna correspondencia estrecha entre los méritos personales o necesidades individuales y las recompensas. Todo opera sobre la base del principio de un juego combinado de habilidad y oportunidades en el cual los resultados para cada individuo pueden ser determinados tanto por las circunstancias que están completamente fuera de su control, como, aleatoriamente, por su habilidad o esfuerzo. Cada cual es remunerado de acuerdo con el valor que sus servicios tengan para quienes les son prestados [sin decirse que el desarrollo de "servicios" que generen una renta digna depende de la adquisición del correspondiente capital humano, adquisición que se cercena con estas políticas], y este valor de sus servicios no guarda ninguna relación necesaria con nada que pudiéramos denominar con propiedad, sus merecimientos y, mucho menos, sus necesidades." (F. A. VON HAYEK, en "Principios de un orden social liberal", 1966).


Por el contrario, sus voceros actuales aplican una política social orientada a petrificar la estratificación social y cercenar las posibilidades de progreso ajeno en su favor utilizando como coartada la apelación demagoga a valores universales como la movilidad social, la recompensa del esfuerzo, la capacidad... cuando, como ya se ha dicho, tal razonamiento quiebra cuando se revela que estas políticas impiden acceder a la posibilidad incluso de demostrar la capacidad propia mediante un filtro económico nada inocente que premia de manera interesada en aras a la reproducción de las élites. Y lo peor no es la catadura moral de quienes realizan esta tergiversación o que, de esta manera, utilizan ese Estado que tanto dicen aborrecer en su favor (hablando por otro lado, claro está, de “no intervencionismo”), ni tampoco el de la gente que compra esta bazofia por interés, sino la existencia de otros que, incluso, se la creen por ignorancia. Ignorancia que estas políticas cultivan en su favor, pues ha sido tradicionalmente evidente que la generación de ciudadanos acríticos es un filón electoral de estas opciones políticas.

De hecho, tal y como queda esta nueva estructura de acceso a los estudios universitarios cada vez más elitistas (y unido ello a la reducción de becas o de los medios materiales de las universidad – http://www.youtube.com/watch?v=ilWlx8oMaZQ-)… ¿no será un incentivo aún mayor a la autocomplaciencia y el mínimo esfuerzo? Es decir, puesto que el estrato de origen multiplica la posibilidad de acceso a estudios superiores así como los contactos sociales desde los que dar una salida a los mismos, es evidente que ello supone un incentivo a ese comportamiento autocomplaciente (que se corroborará o no según la ética personal de cada uno, claro está)… De modo que la pregunta es: ¿saber por parte de quienes tienen su plaza asegurada que habrá aún menos competencia de gente con ganas de progresar no incrementará esa dinámica perversa? No lo creo nada descabellado pero muy políticamente incorrecto que suene, pero el hartazgo de los estudiantes que nos hemos dejado la piel en los estudios es tal que basta de callarse las verdades.


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