sábado, 7 de julio de 2012
CARTA DE UN PARÁSITO A NUESTRA ILUSTRE PRESIDENTA
Sí,
es cierto, soy un jodido parásito. Una carga social que lastra el progreso en
general y el de los más capaces individuos de nuestra sociedad en particular.
¿La razón? Mi condición de “repetidor” universitario. O, más bien, el hecho de
llevar un retraso, a falta de una convocatoria de exámenes pero con la
conciencia de que habré de alargar mi estancia universitaria al menos cuatro
meses, de en torno a 30 créditos académicos (habiendo tenido que matricular una
asignatura por tercera vez y dos por segunda) sobre una doble licenciatura de
unos 400. Para colmo, buena parte de mis estudios los he cursado becado por el
MEC (aunque nunca me ha quedado muy claro si ello se debía a que vivo a treinta
kilómetros de mi facultad o a las enfermedades crónicas que mis padres padecen,
entre otras razones, por los trabajos manuales a los que han tenido que
dedicarse durante décadas al no haber podido, en su día, optar a unos estudios universitarios).
En cualquier caso, ello es indiferente, mencionarlo es una muestra de
mendicidad y victimismo social. Lo verdaderamente importante es que, con este
perfil, soy el claro producto perfecto de aquellas “leyes socialistas” trasnochadas
de los ochenta que inducen a la holgazanería y la pasividad y, por tanto, constituyo
el objeto perfecto de escarmiento sobre el que ha de recaer el correctivo que
la moralidad de los autoproclamados “españoles de bien”, cuya rectitud y saber
hacer se reclamaba impostergablemente antes de que las carcoma de la progresía
acabara de hundir nuestra sociedad en la metástasis, imponen a los ejemplos de
vagancia que, como yo, vivimos adictos a la teta de “Papa-Estado”. Así, la
nueva regulación de las tasas universitarias será la amarga medicina que me
hará aprender la verdadera ética del esfuerzo y abandonar mi posición de rémora
social.
O, bueno… en realidad no, en realidad no dejo
de ser un pringado más de los miles que se parten el lomo en las facultades
españolas con la esperanza, no ya de cumplir siquiera su vocación, sino de
alcanzar, tal vez algún día, una posición laboral mínimamente estable y digna. De
hecho, casi que en mi contra puedo decir que esa dedicación, medida en tiempo y
en esfuerzo, haya llegado a ciertos puntos de masoquismo en según qué momentos
(y ello con la dificultad de realizar mis estudios en un clima político adversoque se traducía, por ejemplo, en una rebaja de casi un tercio del presupuestode las universidades públicas antes incluso de la crisis mientras se financia
la construcción de campus privados o el atrezzo de esa educación primaria ysecundaria privada que suele atreverse a mirar por encima del hombro al restode estudiantes). Así, da igual haber alcanzado una media superior al “8” o una
veintena de sobresalientes (sobresalientes que, ni mucho menos, me hacen sentir
–pues no hay razón para ello- más o menos que nadie e, incluso, ni siquiera me ponen
a la cabeza de ninguno de esos rankings a los que es tan aficionada la derecha,
pues siempre hay gente mejor -y, en mi caso, la mayoría- pero que sí me hacen poder
tener la conciencia tranquila antes los ataques de esta turba acomodada); da
igual si ese atraso tiene su raíz en problemas de salud, en problemas
familiares o en el legítimo derecho que el resto de imperfectos mortales tenemos
en equivocarnos, organizarnos mal o tropezar aunque sólo sea porque no tenemos
la vida solucionada, no se nos regala nada y, en consecuencia, hemos de
aprender y evolucionar en base a un proceso de “prueba y error” sin poder
cobijarnos bajo el ala de ninguna comodidad clasista. Da igual. La nueva
ortodoxia política, ese nuevo rodillo moral sediento de cobrarse los avances en
justicia social que caracterizaron buena parte de la etapa política anterior,
ya me ha catalogado, con la arrogancia que le es consustancial, como tal lastre
mediante ese discurso envenenado y demagogo que le caracteriza, y ya me he
cansado de ello. Puedo incluso entender que, en una carrera sin
experimentalidad, la suma de los costes derivados de bajar una silla, el
cuadernillo del examen y los quince a veinte minutos de su corrección pueden
suponer un incremento de los costes de mi educación de hasta un 200%. Bueno,
no, tampoco puedo entenderlo. Sin embargo, lo que más me enerva no es la
injusticia personal que siento, pues soy uno entre miles de casos, sino la inmensa
demagogia que esconde detrás de todo esta batería de medidas políticas que
están cercenando la mayor expresión de movilidad vertical de nuestra sociedad:
la universidad pública.
Si
nos centramos en el debate ideológico, al menos en lo que ha eslóganes
prefabricados se refiere, hay que ser realmente demagogo y estar patológicamente
enfermo de clasismo como para construir el argumentario propio sobre la
aseveración de que aquellas opciones políticas que defienden la igualdad de
oportunidades enmascaran el "igualitarismo de resultados", esa
expresión perfectamente representada en la literatura neoconservadora mediante la
clásica metáfora de Milton Friedman (el conocido premio Nobel de economía de
1976 que fue asesor principal de Reagan, Thatcher y Pinochet y, desde luego, elmás elocuente propagandista del neoliberalismo cuya retórica ha servido derecursos a todas las siguientes generaciones neoliberales), quien hablaba de
que la política social, entre la que se encuentra la universalidad de laeducación superior, constituía un intento de “cortar todos los arboles delbosque a la misma altura” haciendo que los "ineptos" retrasen a los"capaces" y, en consecuencia, una imposición totalitaria de laigualdad sobre la libertad y el progreso, pues, en caso contrario, se estaríarestando libertad a los capaces a favor de quienes no lo son. Lo dañino de esta
afirmación no sólo es la arbitraria diferenciación entre superiores e inferiores
que deja de lado cómo la dispersión de capacidades especiales es aleatoria
mientras que el nacimiento en un estrato u otro condiciona el progreso
individual, sino que ha servido de piedra de toque al intento zafio de
identificación entre igualdad de resultados y cualquier otra ideología que no
sea el neoliberalismo.
Paradojas
de la vida, y por muy políticamente
incorrecto que suene pero sumido en un hartazgo difícilmente describible ante la impotencia que genera esta
arrogancia adinerada y la angustia derivada de la merma en la libertad como capacidad
de progreso efectivo que sus políticas suponen con independencia del esfuerzo
realizado, puedo decir que, personalmente, no creo haber encontrado
mayor muestra de igualitarismo de resultados y de quiebra de igualdad de
oportunidades que observar a esa pléyade que pasa tres, cuatro, cinco o seis
años parasitando por las facultades españolas conscientes de que la ley del
mínimo esfuerzo (normalmente cargada sobre los hombros ajenos) es suficiente
para superar en tiempo el mero trámite que es la universidad en tanto que la
clase social a la que pertenecen les abrirá todas las puertas necesarias en
forma de postgrados y contactos, y que, normalmente, y de manera consustancial
al estrato del que provienen, suelen ser votantes de esta aristócrata o que,
con su comportamiento, coinciden ideológicamente con ella al realizar un
desprecio de facto a los servicios públicos y el coste de los mismos… No hago
una generalización entre renta (algo de lo que posee en abundancia nuestra
presidenta) y esfuerzo (del que no ha dado demasiadas muestras salvo para
trepar en la política y vivir de encabezar una burocracia de las que tanto
critica -ya sea en forma de Ministerio o Comunidad Autónoma-) pues no creo que
exista una relación lineal corroborable en todos los casos entre ambas (o entre
opción política y dedicación), pero, sin embargo, nunca he visto a una persona
cuyos padres estén en paro o que acuda a la universidad becado abandonarse a la
holgazanería y, desde luego, sí tengo claro el perfil social quienes sí lo
hacían y que, en el contexto actual, no han visto ni verán mermada sus
expectativas futuras, hecho que quiebra cualquier tipo de criterio
meritocrático y que, sin embargo, es azuzado al dificultar económicamente el
acceso a los estudios universitarios mediante el aumento de las tasas y a los
de postgrado mediante la reducción de becas. Evidentemente, si damos como
cierto lo anterior (y parece difícil negar la virtud del esfuerzo a quien ve en
los estudios universitarios su posibilidad de futuro) la conclusión que se
extrae de ello es que estas políticas no premian el esfuerzo y el mérito: son
específicamente las personas desfavorecidas las que se ven perjudicadas por este
tipo de políticas en las que se traduce su discurso con independencia, incluso,
de cuales sean sus capacidades innatas.
Sin
duda, lo que se esconde detrás de este discurso embadurnado de “esfuerzo”, “mérito”
y “libertad” es el miedo patológico a que la gente humilde y trabajadora
progrese rompiendo las convenciones sociales y techos de cristal que protegen ese estatus privilegiado del que
viven los estratos sociales más acomodados, entre los que se encuentran,
obviamente, personajes como Esperanza Aguirre, José Ignacio Wert o Lucía Figar,
y que, mediante su política, se reproducen generacionalmente bajo vacías y
dañinas menciones a los valores mencionados. Por poner un ejemplo, la misma
dinámica argumental la encontramos en el debate sobre las cuotas de género,
donde estos estratos siguen apelando a la eficiencia del mercado laboral en la
selección y el progreso de los trabajadores como legitimador de las bajas tasas
de mujeres en puestos directivos aunque ya se cumplan dos décadas de registros académicos
en los que las mujeres superan a los hombres en todos los estudios superiores
que dan acceso a dichos puestos: de nuevo, es la misma demagogia ante el miedo
a la pérdida de un estatus social privilegiado e injusto.
En
definitiva, toda esta parafernalia demagoga no tiene otro objetivo que falsear
el discurso ajeno para emponzoñar y distorsionar, ya a priori, el campo de
debate. Desde la izquierda, no aspiramos al igualitarismo de resultados, sino,
justamente, a la posibilidad de que cada individuo pueda explotar sus
capacidades y alcanzar su progreso, su “autorrealización”, en base su esfuerzo
por encima de su estrato social o cualquier otra circunstancia personal (circunstanciasque, sin la actuación de las instituciones públicas, son las que efectivamentedeterminan las posibilidades de progreso individual y colectivo, tal y como hademostrado profusamente la economía de la desigualdad) en la línea, por
ejemplo, del diseño educativo basado en el “enfoque de capacidades” del también
premio Nobel de economía A. Sen y bajo el espíritu humanista propio del socialismo
democrático en los términos formulados, por ejemplo, por el intelectual
Fernando de los Ríos.
Y
es finalmente esto lo que nos devuelve a la frase de Friedman y concluye lo
demagogo del discurso neoliberal. Es claro que una sociedad que anteponga la
igualdad, entendida como igualdad de resultados, a la libertad, no poseerá
ninguna de las dos. Sin embargo, una sociedad como la actual, en la que la
libertad, entendida en el pobre y reduccionista concepto que de la misma hace
el liberalismo (y que por pobre y reduccionista es repetido insistentemente
para arrogarse públicamente una imagen de su defensa) en forma de libertad
negativa vinculada al no intervencionismo público (del que participaría la
inversión en educación universitaria) sólo adquiere virtualidad, como ya se
dijo, para quienes pueden cobijarse al abrigo de su clase social, de modo que tampoco
alcanza ninguno de ambos valores: el incremento de la desigualdad es patente
así como, derivado de ello, la posibilidad de exprimir las capacidades individuales
en aras del progreso personal se ven cercenadas (de hecho, dicho binomio
libertad negativa – no intervencionismo decae cuando, a la luz de estas
conclusiones, puede afirmarse que la política neoliberal, en realidad, supone
un intervencionismo de corte conservador, pues pone el Estado a los pies de una
clase determinada y perfectamente identificable). A sensu contrario, una sociedad que priorice la libertad en su concepción positiva, es decir, comoposibilidad efectiva de ejercicio de las capacidades individuales (concepción
en la que la universidad pública es la pieza esencial) y, por tanto, como
instrumento de justicia social, alcanzará altas cuotas de ambos valores. Al
contrario justamente de lo que señalaba Friedman y señalan hoy sus discípulos,
sin una universidad pública universal y de calidad, se estará restando
libertad, entendida en su concepción enriquecida, es decir, como capacidad de
progreso, a una elevada cantidad de individuos a favor de unas élites sociales
que son tales por nacimiento y no por mérito.
En
conclusión, ¿qué sería de Aguirre, Wert o Fígar si no hubieran nacido entre las
clases acomodadas, es decir, si se les aplicaran las mismas políticas que ellos
aplican a la gente humilde con independencia incluso de su capacidad? ¿Se
encontrarían cualquiera de ellos donde están o tomarían las medidas que toman
si su origen hubiera sido otro? ¿Serían hoy quienes son todos aquellos voceros
del neoliberalismo que, cursando sus estudios universitarios, sabían en base a
las dinámicas expuestas que su futuro estaba asegurado por nacimiento? De
hecho, por poner un ejemplo sumamente paradójico, una lección que nos da la historia es que la belleza del Estado
del Bienestar, hoy tan en entredicho, radica en que alguien como Milton
Friedman recibiera en su día una beca del Estado de New Jersey para cursar
estudios universitarios sin la cual no hubiera podido pasar de ser el pobre
hijo de dos inmigrantes húngaros al artífice intelectual de la revolución
conservadora, guía y referente de cualquier neoliberal que se precie, e
intelectual de tal talento como para recibir posteriormente, aunque de manera
politizada, el Premio Nobel de Economía. Incluso, Von Hayek, el otro gran teórico que se disputa el podio de las deídades neoliberales, era más honesto al reconocer que no existe ese vínculo entre capacidad y mercado que sus actuales voceros defienden como coartada para petrificar la estratificación social y cercenar las posibilidades de progreso ajeno en su favor:
"41. Debe admitirse sin
reservas que el orden de mercado no da lugar a ninguna correspondencia estrecha
entre los méritos personalrd o necesidades individuales y las recompensas. Todo
opera sobre la base del principio de un juego combinado de habilidad y oportunidades
en el cual los resultados para cada individuo pueden ser determinados tanto por
las circunstancias que están completamente fuera de su control, como,
aleatoriamente, por su habilidad o esfuerzo. Cada cual es remunerado de acuerdo
con el valor que sus servicios tengan para quienes les son prestados [sin
decirse que el desarrollo de "servicios" que generen una renta digna
depende de la adquisición del correspondiente capital humano, adquisición que se
cercena con estas políticas], y este valor de sus servicios, [lo cual incluye incluso
el supuesto de haber podido alcanzar lo mismos] no guarda ninguna relación necesaria
con nada que pudiéramos denominar como sus merecimientos y, mucho menos, sus
necesidades." (F. A. VON HAYEK, en "Principios de un orden social
liberal", 1966).
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