lunes, 12 de septiembre de 2011

ORÍGENES Y ECONOMÍA POLÍTICA DEL ESTADO DEL BIENESTAR


I. EL NACIMIENTO DEL ESTADO DE BIENESTAR MODERNO.

            El nacimiento del Estado del Bienestar en su concepción moderna se produce por la conjunción de una serie de factores políticos y económicos derivados de un contexto histórico extraordinariamente particular. El panorama de una Europa en ruinas, de unos EEUU sobre los que la sombra de la Gran Depresión aún era patente y el vacio teórico que había dejado  la vieja economía clásica cuyo fracaso condujo a la Crisis de 1929 -y la precepción lógica del papel que está desempeñó en la extensión del fascismo- generaban en una sociedad desangrada por la II Guerra Mundial el anhelo de alcanzar un nuevo orden político y social que colmase las aspiraciones de justicia y bienestar atesoradas durante generaciones pero especialmente relevantes ahora tras década y media de postración económica y destrucción humana y material. En estas circunstancias, la necesidad de reconstruir Europa que lo había perdido todo desde sus bases venía a significar que la historia proporcionaba por primera vez una nueva “línea de salida”, un “punto 0” desde el cual todo estaba por construir, que permitiera acometer las reformas y políticas mediante las que pudiera construirse esa nueva sociedad. En este sentido, puede señalarse como el comienzo de cambio de paradigma la inesperadísima victoria del laboralismo británico de C. Atlee frente al conservadurismo de W. Churchill en las elecciones generales británicas de 1945. 



            El terremoto político que supuso el desplome del héroe nacional consevador ha de buscarse en su reivindicación radical de los principios liberal-conservadores clásicos         chocaban frontalmente con las aspiraciones de un pueblo británico que no estaba dispuesto a volver a una situación similar a la previa a un conflicto que había supuesto tanto sacrificio.        Mientras, Atlee reclamaba el derecho de los trabajadores a hacerse dueños de su destino y poner la maquinaria económica a funcionar para el bien común. Era lo que se simbolizó como la fundación de “la nueva Jerusalén”[1]. Con su victoria se inició el programa de nacionalizaciones de la industria y la banca y la creación del Healthcare National Service según los cánones del Informe Beveridge, que en 1942 proponía la creación de un sistema de seguridad social que protegiera a los individuos “desde la cuna hasta la tumba y que atacara los cinco males gigantes de las sociedades modernas: la indigencia, las enfermedades, la ignorancia, la suciedad y la ociosidad.”Este nuevo camino se extendería desde GB al resto de Europa a la vez que el New Deal retomaba su andadura en EEUU. Era el efectivo cambio de paradigma hacía la economía mixta y la desmercantilización del trabajo.

            Finalmente, en un orden de cosas más pragmático, la necesidad de organizar un sistema que asegurase una reconstrucción ordenada de la Europa continental, plasmado en el dirigismo del Plan Marshall, y, sobretodo, el terror conservador al avance del socialismo soviético sobre Europa Occidental ante el descontento popular hicieron el resto para que gran parte de lo que había sido el centro-derecha tradicionalista se sumara, con reticencias y matices paternalistas, al “Consenso de Posguerra”. Y es que, aun partiendo de la obstinación conservadora de Churchill, fundamentada más en su figura personal que en cualquier otro elemento, la derecha tradicional se encontraba ciertamente desnuda en cuanto a proponer un programa que no volviera a hacer transitar la economía mundial por el camino que la llevó a la Gran Depresión.


ii. La economía política socialdemócrata

            Sin embargo, el factor político no hubiera sido suficiente para afianzar estos nuevos horizontes políticos sin el surgimiento de un nuevo cuerpo teórico que proporcionara los instrumentos adecuados mediante los cuales emprender la tarea de la reconstrucción de occidente por vías diferentes al libre mercado, y éste no podía ser otro que la nueva teoría económica recogida en la Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero, publicada por Keynes casi una década antes del fin del conflicto como refutación de la teoría clásica[2], y que bajo la máxima de que “Los grandes defectos de la sociedad económica en la que vivimos son que no puede ofrecer pleno empleo y su arbitraria y desigual  distribución de la riqueza y los ingresos[3] no sólo sugiere un papel más activo del Estado en materia económica, lo que encajaba perfectamente con las tendencias importantes del pensamiento de izquierda democrática, sino que Keynes procede a una destrucción “desde dentro” de la desacrediatada y vieja ortodoxia neoclásica. Ello tuvo un efecto extremadanamente positivo sobre la incipiente socialdemocracia, y es que, aun cuando el propio Keynes se encontrara lejos de las tesis los socialistas[4], la socialdemocracia, tras el abandono de las tesis marxistas de la mano de Bernstein, aunque se apoyaba en ciertas aportaciones económicas de autores como Rudolf Hilferding, Ferdinand Lasalle, Tugan-Baranovski[5], R. Titmuss o T. H. Marshall se encontraba ante la paradoja de que, si bien recogía las grandes aspiraciones sociales del momento, se encontraba en realidad muy lejos de aún de formular una doctrina consistente y completa ni mucho menos equiparable a los clásicos. Ni siquiera la entonces incipiente Escuela de Estocolmo gozaba de la suficiente relevancia como que la obra de autores como G. Myrdal gozara, por sí sola, de la importancia que supondría su posterior carácter complementario a la obra de Keynes.

            Ello suponía no tanto cuestionar la viabilidad y eficacia de la economía de mercado sino su inestabilidad derivada de unos parámetros de estudio ortodoxos que poco tenían (ni tienen) que ver con el funcionamiento real de la sociedad, de modo que sus estudios y conclusiones vienen a colmar ese vacío que a la altura del primer tercio del S. XX sufre la socialdemocracia en cuanto a disponer de un programa transversal de teoría económica verdaderamente efectivo con que llevar a cabo su proyecto más allá de lo que serían reformas legislativas orientadas a la protección social, la participación de los trabajadores en las empresas o la nacionalización de diversas industrias[6]

            Básicamente, Keynes refuta el núcleo teórico neoclásico de la pretendida tendencia natural de la economía de mercado a un marco ideal de “equilibrio natural” en situación de pleno empleo gracias de la acción de la metáfora de la “mano invisible” como manifestación de un individualismo utilitarista y egoísta -basado en la búsqueda del propio beneficio- pero que al suponer acción descentralizada de una multiplicidad los agentes económicos en un entorno de “libertad” se convierte en socialmente benefactor al maximizar la generación de recursos y distribuir éstos eficientemente[7] -idea que nace principalmente de Adam Smith, y que es perfeccionada y desarrollada por A. Marshall, L. Walrás, J. Say, W. Jevons, C. Menger, W. Pareto o I. Fisher-, y lo hace atacando los dos pilares en los que dicha tesis central se sustenta: la llamada “Ley de Say” y la “Teoría Cuantitativa del Dinero”.

            La tradicional “Ley de Say” venía a establecer que es imposible teórica de que se diese una situación de desempleo de recursos productivos extendida indefinidamente en el tiempo por falta de demanda a través del razonamiento de que éstos no pueden permanecer indefinidamente ociosos[8], ya que el precio de la demanda global en su conjunto  es igual al valor de la producción total, y por tanto suficiente para comprar toda la oferta, de modo que el proceso productivo por sí mismo da la oportunidad de que todas las personas y recursos sean plenamente empleados[9]. Keynes lo refuta introduciendo elementos psicológicos y de renta en el mecanismo de decisión de inversión de los individuos, demostrando que puede haber episodios de subinversión. La Gran Depresión confirmaba su tesis. Por tanto, ya había un primer elemento que permitía el intervencionismo del Estado en relación a las tesis del centro-izquierda.

            El otro mecanismo mediante el cual los neoclásicos pretendían cualquier puerta a la intervención del Estado a nivel macro era la “Teoría Cuantitativa del Dinero” y que viene a establecer que un aumento de la cantidad de dinero en circulación conduce exclusivamente a un incremento de la inflación. Al tener esta teoría como axioma la existencia natural de pleno empleo, una vez refutado éste, rechazó parcialmente la TCD al señalar que sólo sería válida una vez la intervención del Estado haya hecho llegar efectivamente a la economía a una situación de pleno empleo. El mismo argumento la de la existencia de pleno empleo se aduciría sobre la inefectividad de la política fiscal para aumentar la ocupación: si la economía funciona con todo su potencial, la política fiscal sólo produciría el denominado crowding out (una reasignación de recursos de la inversión desde el sector privado al sector público cuyo resultado más positivo sería dejar las cosas cual están). Sin embargo, al haberse refutado la Ley de Say, el Estado vuelve a poseer margen de actuación, de modo que el aumento del gasto público y la reducción de impuestos podría impulsar la demanda y elevar la producción, aún con resultado colateral de déficit transitorio.

            Derrotados por Keynes uno a uno los pilares de la teoría neoclásica, no cabe ya la proposición de la autocorrección del mercado. La nueva situación de posguerra hace necesaria la intervención del Estado en la economía con el fin de disminuir el desempleo involuntario y aumentar la producción[10]. Además, aunque Keynes no tratara de manera diferenciada el tema de la distribución de la renta, su Teoría General fue definitivamente asumida por la izquierda democrática cuando deslegitimó la proposición clásica de que la redistribución de la renta de los ricos –a quienes se suponía capaces de ahorrar una fracción de la misma- a los pobres -de quienes se suponía que gastaban todo su ingreso- tenía un efecto desfavorable sobre la actividad económica debido a que limitaba la formación de capital, pues establece que el consumo depende de la renta neta de modo que[11]:

“si transferimos renta desde las capas de la sociedad más opulentas, que son las que menores porcentajes de sus rentas consumen, hasta los sectores poblacionales con menos recursos, la mayor parte de la renta transferida se dedicará al consumo en la medida en que dichos sectores aún poseen necesidades básicas insatisfechas, al tiempo que las unidades de gasto más pudientes apenas variarán sus patrones de consumo. Por tanto, en términos globales, parece lógico sostenes que una distribución de la renta más igualitaria puede suponer un mayor consumo agregado […] Queda, pues, eliminada una de las principales justificaciones sociales de la gran desigualdad de la renta”[12]
           
            Además, la última aportación revolucionaria de Keynes nace de su concepción de que, frente al concepto neoclásico de posesión de una información perfecta de los individuos en sus diversas transacciones, los agentes económicos se encontraban siempre sometidos a una situación de incertidumbre inerradicable sobre el futuro, el Estado ha de manejar diversos instrumentos también para estabilizar el sistema a efectos de integrar las expectativas empresariales en un entorno seguridad y prosperidad[13].

            A partir de entonces, el Estado del Bienestar se consagró como la lógica de funcionamiento de la época. Y es que, contradiciendo todos los viejos dogmas, entre el final de la II Guerra Mundial y mediados de los 70, se iniciaron lo que se llamó las “tres décadas gloriosas” en que la economía mixta dio lugar a un crecimiento que el PIB mundial que nunca arrojó un solo año de tasas inferiores al 3% y situándose la media de aquella etapa en torno al 5%[14]; se alcanzó el pleno empleo en Europa y la práctica desaparición del paro en los EEUU de la “Gran Sociedad” del Presidente L. B. Johnson (además, en un contexto de salarios dignos, gran estabilidad, derechos sociales asociados a la actividad laboral y grandes avances tecnológicos). Se trataba de la era de mayor expansión y crecimiento de la historia de la humanidad. EL Estado concebido como instituciones políticamente neutrales y pasivas cuya función consiste solamente en facilitar el marco en el que operan los agentes alejándose de cambio social alguno pasa e moda[15]: “Keynes y Beveridge habían suplantado a Smith y Bentham”[16].


ii. La economía política neoliberal y el sistema corporativista. El debate el Estado Social

            Sin embargo, este pacto “capital-trabajo” fundamentado en un sólido papel económico del Estado comenzó a resquebrajarse cuando, a principios de los `70, hizo aparición la “estanflación” -desempleo e inflación-. Esta situación no cabía en la teoría del keynesianismo, que concebía ambas magnitudes como antinómicas, y que se desbocó definitivamente con el Shock de la OPEP de 1973 y el derrocamiento del Sha de Persia en 1979, debito a la quintuplicación del precio del petróleo con un correlativo aumento exponencial de los costes empresariales y una caída súbita de la productividad. A partir de entonces, se inicia lo que, en contraposición al keynesianismo progresista, ha sido definido como “contrarrevolución monetarista”, “revolución conservadora” o, simplemente, neoliberalismo. Esta nueva doctrina, capitaneada por R. Ronald Reagan y Margaret Tatcher, y fundamentada principalmente en las tesis de los Premios Nobel M. Friedman (1976) y F. A. Hayek (1974) y, en síntesis, en las de los integrantes de la Sociedad Mont Pelerín, el grupo de pensadores y economistas que durante las “décadas doradas del keynesianismo” habían ejercido de oposición a todo aquello que no fueran los postulados del gobierno limitado y del laissez-faire, construyendo un nuevo paradigma –recordemos que la economía clásica apenas contaba con aportaciones a nivel macro- dispuesto para ser dar un golpe de efecto en cuanto el consenso keynesiano diera muestras de algún tipo de disfuncionalidad. A ella se sumó atropelladamente una derecha conservadora que no veía con buenos ojos una redistribución de la riqueza de tal magnitud pero que no poseía, hasta entonces, una renovación intelectual que plantara cara a la hegemonía de la economía mixta[17]. A partir de ese momento, las tesis keynesianas sí que pasan a identificarse definitivamente con el centro-izquierda, y ni siquiera con todo él, lo que cierra la explicación una de las tres economías políticas del Estado del Bienestar. 

            Al igual que Keynes, los autores neoliberales atacaron los puntos débiles del Estado Social. De este prolijo grupo de propagandistas formado por F. Hayek, M. Friedman, G. Schultz, G. Stigler, Buchanan, G. Becker, R. Lucas y otros muchos que vendrían a sustituir a los Pareto, Jevons, Fisher, Walrás y demás clásicos en la defensa del liberalismo sería principalmente M. Friedman, premio Nobel en 1976, quien pondría su nueva teoría, el “Monetarismo”, en manos de los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher ya desde el comienzo de la década de los `80 como la cura divina contra la inflación, en primer términos, pero con intención de desmontar el el Estado del Bienestar.        El hecho de que el Estado Social se viera negativísimamente afectado por estas  nuevas políticas radica en que Friedman y atacaron la economía mixta en los puntos en los que Keynes había atacado a la neoclásica: la Teoría Cuantitativa Clásica, argumentando mediante complejísimos estudios matemáticos que Keynes que había errado en su modo de tener en cuenta la dinámica de las variables que la integran y destruyendo el margen de actuación que Keynes había identificado. Igualmente, se procedió a la rehabilitación de la “Ley de Say”, pues el nuevo análisis neoliberal ponía énfasis en lado de la oferta alegando que, puesto que en base a sus nuevos estudios sobre la teoría cuantitativa, la demanda no existe en forma perfectamente determinada, los factores de generación de progreso estarán determinados por la oferta en el sentido de las combinaciones de recursos y creatividad de los empresarios a efectos de crear nuevas necesidades en los consumidores  y aumentar la competitividad.

            Pero esta “contrarrevolución liberal” propone también argumentos alternativos a las nuevas aportaciones keynesianas: respecto a la política fiscal, aunque Keynes repudiaba la alta fiscalidad, algunas tasas eran tan agobiantes que se habían reducido los incentivos para producir y trabajar, subsidiándose la pereza y el desempleo, de modo que aplicando la llamada “Curva de Laffer” nproponía rebajas fiscales para aumentar la financiación; respecto a la función estabilizadora del Estado se desarrolló la surrealista “Teoría de las Expectativas Racionales”, de una arquitectura matemática de extrema complejidad, que supone que los agentes económicos son perfectamente racionales, es decir, conocen absolutamente los efectos de cualquier medida pues disponen de una información perfecta y objetiva, anticipándose a ella, revitalizando la idea del ajuste automático del mercado que servía para la negación de programas sociales (de ahí la verticalidad de la “Curva de Phillips). Finalmente, contra el objetivo de consecución del pleno empleo, se ideó la llamada “Tasa Natural de Desempleo”, un nivel paro al cual la inflación permanece estable y que es por tanto adecuado (para alcanzar su descenso se desechan los aumentos de demanda y se aboga por reformas de reducción del Estado, la liberalización, reducción de costes laborales…). 

            Lo importante de esta “contrarrevolución” de 180 grados es que pretende demostrar científicamente la inefectividad de cualquier actuación Estatal y, con ello, que cualquier elemento teórico del Estado Social quedara invalidado a priori. Esta economía política daría lugar al segundo de los tres “mundos del Estado del Bienestar”, que se extendería por el mundo anglosajón, donde los sistemas de bienestar fueron absolutamente reformados, por decirlo eufemísticamente, bajo los gobiernos de Reagan y Tatcher; y por la Europa continental, donde es especialmente llamativo las reformas llevadas a cabo en Alemania bajo los mandatos del conservador H. Kohl y de la “Tercera Vía” de G. Schröder o las drásticas amputaciones de gasto operadas en Italia bajo los gobiernos de Silvio Berlusconi, entre otros países. Evidentemente, la desmercantilización del trabajo es cualitativamente inferior al sistema socialdemócrata.

            Sin embargo, a pesar de esta “contrarreforma”, el Estado de Bienestar sigue siendo la seña de identidad europea, pues se mantienen en píe grandes parcelas de los sistemas públicos de sanidad, educación o pensiones aún cuando recurrentemente se suceden diversas oleadas de desprestigio y privatización bajo la máxima de que “destruye el vínculo necesario entre esfuerzo y recompensa. El resultado final es la insolvencia de los estados y el parasitismo social, alimentado por políticos que ganan elecciones ofreciendo el dinero ajeno”(Sebastián Piñeira) No obstante, se ha convertido en objeto de crítica por excelencia de la nueva ortodoxia política y económica en tanto que, una vez desaparecida la URSS, llegó a proclamar incluso el “Fin de la Historia”[18], pero que se ve imposibilitada a terminar por “erradicarlo” gracias a la resistencia de grandes capas de la sociedad a que les sean extirpadas sus conquistas sociales. Así, para fundamentar mi respuesta sobre que el Estado del Bienestar es viable y necesario ética y económicamente, usaré una síntesis de las críticas neoliberales expuestas especialmente por la la Escuela Austríaca pero en cierto modo coincidentes con la Escuela de Chicago, y, lógicamente, con aportaciones la Escuela de la Elección Pública, recogida en “El Fracaso del Estado Social”[19] (J. Huerta de Soto):
1. En el plano económico-social y cultural, la obsesión reglamentista y recaudadora del Estado Social dificulta e imposibilita la generación de nuevas iniciativas y procesos  creativos que mantienen y permiten el desarrollo social, de forma que el Estado del Bienestar, actuaría como un pesado lastre inhibidor de la creación de nuevas ideas, proyectos y empresas. Correlativamente, como  sano movimiento defensivo, aumenta la economía sumergida.

2.  En el campo moral, la imposición coactiva de determinados principios más o menos éticos por parte del Estado Social, acabaría con los pretendidamente existentes hábitos individuales de caridad privada y preocupación por el prójimo a favor de la coacción sistemática del Estado, abandonándose los principios de la ética individual.

3. Desde la perspectiva política, los ciudadanos pronto descubren que tienen muchas más posibilidades de lograr sus fines si dedican su tiempo, esfuerzo e ingenio a tratar de presionar, influir y conseguir ventajas particulares y privilegios del Estado que mediante la realización de actividades económicas realmente productivas, dando lugar a una continua lucha entre grupos de interés por el poder y la dominación del resto de la sociedad. En este contexto, los políticos actúan en un mercado de votos con el apoyo en burocracias sobredimensianadas construidas sobre una artificiosa innecesariedad.

                Dicho esto, rebatiremos primero el análisis económico. Existe un extenso trabajo de Isabela Mares “Consecuencias económicas del Estado de bienestar”[20] en el que se analizan detalladamente todas las variables económicas referidas al Estado Social, llegándose a conclusiones absolutamente divergentes respecto de las expuestas en el artículo anterior. Sin embargo, debido a las restricciones de espacio establecidas, me limito a hacer una pequeña comparación al respecto de los dos Estados con sistemas de bienestar más afianzados de Europa: Suecia y Dinamarca en la última década (datos del Euroestat): i) presión fiscal como %PIB (00-09): Dinamarca 56,77, Suecia: 55,54, UE-15: 44,86; ii) Deuda Pública como %PIB (00-07) Dinamarca: 41,4, Suecia: 46,47, UE-15: 62,56; iii) Superávit/Déficit Público %PIB (00-05): Dinamarca 1,43, Suecia: UE-15: -1,76; iv) Gasto Público Social como %PIB (95-07): Dinamarca: 21,34, Suecia: 23,95, UE-15: 18,98; v) Desigualdad de la renta en 2007 (C. Gini): Dinamarca 25, Suecia: 23, UE-15:30. Por tanto, se aprecia que se trata de países con gran estabilidad en las cuentas públicas, lo que lo aleja de cualquier tipo de “derroche”, cohesionados socialmente y con un sector público fuerte que no ha supuesto problema para la existencia de un alto nivel de vida y de un crecimiento, además de que gozan de posiciones privilegiadas tanto en el Índice de Desarrollo Humano como en el Global Competitiveness Report.

            Desde la perspectiva política y moral, todo el razonamiento contrario al Estado del Bienestar nace de un énfasis exclusivo y excluyente en un concepto de libertad deliberadamente reducido a la “libertad negativa”, lo cual podría sintetizarse en la ausencia de coacción en el sentido de que  “la coacción implica la interferencia deliberada de otros seres humanos dentro de un espacio en el que si ésta no se diera, yo actuaría”[21]. Evidentemente, dar una definición u otra de libertad es perfectamente legítimo. Desde una perspectiva favorable al Estado Social, podríamos definirla, por ejemplo, desde el enfoque de la no-dominación o de la libertad como desarrollo que en oposición al neoliberalismo han desarrollado autores como Philip Petit o Amartya Sen, y que, aunque no da tiempo a exponerlos aquí, dan un papel equivalente a las libertades positivas, lo que los hace mucho más ricos al integrar la capacidad de elección y autodeterminación, olvidadas por los liberales. Todos estos conceptos contrapuestos serían en última instancia correctos dentro de sus esquemas ideológicos respectivos, si bien, entre ellos, sí pueden compararse para determinar cuál es más realista. Así. aunque la definición apuntada parezca lógica, basta con tomar como referencia la renta entendida como posibilidad de acceder a determinados bienes y servicios básicos para comprobar que una persona en situación de pobreza tal que no pueda satisfacer sus necesidades básicas sería, aún sin coacción de otro individuo, perfectamente libre, lo cual es más que discutible. Además, el razonamiento liberal defiendo que el hecho de que una persona acepte un trabajo en pésimas condiciones sólo para subsistir no se considera coacción, pues el trabajador podría aún no haberlo aceptado incluso aunque su subsistencia dependiera de ello. Sin embargo, es evidente que ello sí que constituye una coacción tácita, de modo que también se intenta hacer pasar por “libre” a quien ni siquiera posee capacidad de elección derivada de desigualdades de la renta.

          Por si no fuera poco, autores como Hayek argumentan que al desarrollarse el proceso de mercado por un conjunto de fuerzas impersonales, es decir, por la actuación descoordinada de miles de agentes según unas reglas generales y sus propios fines, el resultado de ese proceso en términos de disponibilidad de bienes materiales no puede enjuiciarse mediante un criterio de “justicia”, ya que no existe una responsabilidad determinada. Esto sólo es cierto en una parte, pues ese proceso sí que se da dentro de un marco determinado, de modo que sí no se establece un principio de igualdad de oportunidades, tal y como niega este autor[22], el individuo ya nace esclavizado a priori, sin oportunidades de progreso y encadenado a la explotación, frente a lo cual el Estado de Bienestar se erige como garante de la movilidad social y el progreso individual. En el mismo sentido, puesto que para alcanzar esa igualdad de oportunidades (mediante la educación pública y ayudas especiales a quienes posean impedimentos de cualquier tipo) ha de recurrirse a la tan denostada redistribución de la riqueza, si bien detraer recursos de un individuo supone una merma de su libertad, hemos de plantearnos “¿Por qué cualquier violación de la libertad, por insignificativa que sea, tiene que ser invariablemente considerada como más grave para una persona o para una sociedad que el sufrimiento del hambre y otras calamidades?”[23], pues la misma proporción de riqueza genera un mucho mayor de la capacidad de autodeterminación en un sector necesitado de la sociedad que en aquél del cuál se ha detraído dicho recurso en base a una idea tan sencilla como que como que la libertad de elección y las virtudes del mercado se desvanecían frente a situaciones de pobreza o capacidades desiguales de acceso debidas a las diferencias de capacidad y habilidades que afectan a los seres humanos. Por ello, mientras el sistema tributario no se convierta en confiscatorio y se mantengan los incentivos al emprendimiento, la justicia social está perfectamente legitimada como modo de evitar una exclusión social que, se argumente lo que se argumente, es contraria a la libertad. He aquí la debilidad del criterio de libertad liberal que justificaría el despiece del Estado del Bienestar


            Respecto de las otras manifestaciones del Estado del Bienestar, la sanidad, el subsidio de desempleo y el sistema de pensiones, se enfrentan a fallos de mercado que hacen que su cobertura privada no sea rentable para las empresas en el caso de algunos grupos sociales, que por tanto quedarían sin protección, pues no es ético aceptar un sistema basado en la libre interactuación entre individuos si no se establecen sistemas que preserven a sus intervinientes de los propios riesgos que involuntariamente posee el sistema. Ante esta evidencia, los críticos del Estado Social son capaces de argumentar incluso que “La mera existencia no puede conferir a nadie un derecho o exigencia moral frente a otro […]como parte del sistema de normas comunes que hace que la humanidad aumente y se multiplique, no todos los seres vivientes tienen derecho a seguir viviendo[24]. Ante esto, sólo cabe concluir que el Estado Social no sólo es beneficioso económicamente sino que está justificado éticamente y es una obligación moral:

La idea de dependencia mutua conduce inevitablemente a las responsabilidades mutuas. No hay ningún misterio especial en el reconocmiento de que, precisamente porque como miembros de la sociedad nos beneficiamos de las interacciones con los otros, también debemos aceptar obligaciones profundamente enraizadas para con los otros"[25]


[1] Se trata de la metáfora con la que Atlee expuso ante los miembros del Congreso de Delegados laboristas identificaba su proyecto político, y que se refería al poema de William Blake “La Nueva Jerusalén”: “No cejará en mi espíritu la lucha /  ni ha de dormirse en mi mano la espada, / hasta que levantemos otra Jerusalén en el solar verdeante y dulce de Inglaterra
[2] “Sostendré que los postulados de la teoría clásica sólo son aplicables a un caso especial, y no en general, porque las condiciones que supone son un caso extremo de todas las posiciones posibles de equilibrio, razón por la que sus enseñanzas engañan y son desastrosas si intentamos aplicarlas a los hechos” Teoria General de la Ocupación el Interés y el Dinero (J. M. Keynes)
[3] Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero (J. M. Keynes)

5 Del romanticismo al revisionismo. Superproducción, crisis y derrumbe del capitalismo (M. Quintana)
[6] En cualquier caso, Keynes ya había lanzado ciertos guiños hacía el centro-izquierda cuando en su artículo “The question of high wages” examina las posibles políticas que podrían alcanzar una mejora plausible en el nivel de vida del proletariado de la época, en el cual se inclina por la creación o mejora de los sistemas de  sanidad, educación, vivienda, pensiones, apoyo a las familias… etc.,
[7]  “Contrarrevolución Monetarista. Teoría, política económica e ideología del neoliberalismo” (René Villareal).
[8] “La economía laboral en el período clásico de la historia del pensamiento económico” (Juan Carlos Rodríguez Caballero)
[9] “Contrarrevolución Monetarista. Teoría, política económica e ideología del neoliberalismo” (René Villareal).
[10] “Contrarrevolución Monetarista. Teoría, política económica e ideología del neoliberalismo” (René Villareal).
[11] “La distribución de la Renta en el Pensamiento de Keynes: contribuciones económicas, opciones éticas y elementos biográficos clave” (S. Perez Moreno).
[12] “Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero” (J. M. Keynes)
[13] Ello significa que la economía keynesiana era atractiva no sólo para los trabajadores, sino que si el Estado podría asegurar un nivel de demanda sostenido que otorgarse confianza a los nuevos empresarios, éstos sólo tendrían que adaptar la oferta a esta nueva situación, compitiendo en condiciones de la alta demanda y limitándose a recoger los frutos de una actividad económica en circunstancias de gran actividad. Por tanto, incluso desde este punto, no existía dirigismo alguno, ni violación de la libertad individual, de modo que incluso gran parte de la propia clase empresarial se mostró favorable, aunque por intereses diferentes, a esta regeneración  política y económica.
[14] Y ello atendiendo a que el inicio del despegue chino no se produce hasta bien entrada la era neoliberal, durante la cual dicha media ha descendido del orden de dos puntos. Si se examinan los datos diferenciando regiones Francia y Alemania crecieron, respectivamente, un 4 y un 4,9 por ciento; Japón un 8; USA y GB a ritmos del 3,5 y del 3. En cuanto al paro, sólo un 1,6 por ciento de la fuerza de trabajo británica estaba en paro; en Alemania, el 3,6 (y ello contabilizando el éxodo de varios millones de alemanes y europeos orientales a la RFA); en Francia, tan sólo del 1,2%; en Japón apenas llegaba al 1,5; y en EEUU se situaba en un 4,8. Por así decirlo, la economía Keynesiana que instituyó el Estado Administrador-Benefactor cumplía con las expectativas creadas.
[15] Teorías sobre el Estado del Bienestar (Josep Picó)
[16] Justificación del Estado de Bienestar (D. Harrs)
[17]  Durante esta etapa, las reticencias conservadoras a la redistribución de la riqueza y el Estado del Bienestar engrandecido motivaron lo que ha conocido como el “modelo corporativista” asentado sobre la democracia cristiana que recurrentemente llegaba al poder en países de la Europa central y que se caracterizaba por la concesión de derechos sociales pero una limitada redistribución de la riqueza con un carácter profundamente asentado en los postulados de la Iglesia católica y el mantenimiento de la estructura de clase desde una óptica conservadora. Este modelo se alternaba con variables socialdemócratas cuando los partidos socialistas llegaban al poder en los Estados en los que tuvo vigencia, de modo que se corresponde con el otro de los mundos del Estado Social.
[18] “El fin de la Historia y el Último hombre” (Francis Fukuyama)
[19] En “Lecturas de Economía Política”
[21] En “Dos Conceptos de Libertad y otros Ensayos”
[22] En “Los fundamentos de la Libertad”
[23] La idea de Justicia (Amartya Sen)
[24] “Las reivindicaciones de los parásitos”, en “La Fatal Arrogancia” (F. A. Hayek). Este autor, premio Nobel de economía de 1974, se convirtió expresamente en uno de los guías intelectuales de los gobiernos de R. Reagan o M. Thatcher, así como, en España, del Club Liberal Español, al que pertenecen personalidades como E. Zaplana, C. Montoro o E. Aguirre.
[25] AMARTYA SEN, Premio Nobel de Economia 1998, en "Compromiso Social y Democracia: las demandas de equidad y el conservadurismo financiero"

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