Estos días he tenido la oportunidad de asistir con un par de compañeras al taller internacional "Mujer emprendedora en la economía social y las nuevas tecnologías" organizado por la Universidad Carlos III de Madrid. Este ciclo estaba compuesto por tres bloques diferentes:
- i) Feminismo: dificultades reales de la mujer para integrarse a la actividad empresarial. Propuestas de Soluciones (ponentes: Doña María José Morillas Jarillo -Catedrática de Derecho Mercantil de la Universidad Carlos III de Madrid y experta en Derecho de Cooperativas-, Doña Inger Berggren -Presidenta del Banco Mundial de la Mujer en España- y Doña Esperanza Camarasa de Los Ángeles -responsable del Proceso de constitución de cooperativas de trabajo en Servicio Doméstico, Cooperativa “Abierto hasta el Amanecer”.
- ii) Las cooperativas como forma de autoempleo digno e igualitario para la mujer. Experiencias concretas. Propuestas de soluciones a los problemas detectados (Doña Fernando Fernández Blanco -Presidente de UCETAM-, Doña Antonia Sajardo Moreno -Profesora Titular de Economía Aplicada y miembro de IUDESCOOP-, Don Rui Namorado -Profesor de la Facultad de Derecho, Universidad de Coimbra, Portugal. Especialista en Derecho de las cooperativas-).
- iii) Las empresas de base tecnológica. Resultados obtenidos. Propuestas de soluciones a los problemas detectados (Doña María José Herrero Villa -Profesora Asociada de Economía de la Empresa. Responsable de Financiación I+D+i y Gestión Económica, Parque Científico/UC3M. Vivero Empresarial Universidad Carlos III de Madrid-, Doña Esther Arias Pérez-Ilzarbe, Técnico superior examinador de la Oficina Española de Patentes y Marcas- Don Félix Llorente de Andrés, Adjunto a la Dirección del Parque Científico “Leganés Tecnológico”, Universidad Carlos III de Madrid-).
Más allá del matiz de que creo que el tema no estuvo bien organizado en el sentido de que hubiera sido mucho más ilustrativo dividir tal taller a razón de un día por bloque, la sensación mayoritaria después de aquella intensa tarde fue la de que se trató de un evento bastante interesante, con implicaciones políticas, y representativo de una realidad social a la que los últimos años, por cuestiones ideológicas, si se le ha plantado una dura batalla: el injustificado desequilibrio en detrimento de las mujeres en la participación de la economía en general y en el papel empresarial en particular.
A partir de este panorama, allí se trataron, desde diversas perspectivas disciplinares (tanto académicas como profesionales), diferentes vías de actuación, programas y políticas determinadas. Sin embargo, no es mi intención sintetizar aquí una conferencia de más de seis horas. Todo lo contrario, y es que según iba avanzando la tarde venía a mi mente el eterno debate, tiempo antes repetitivo y cansino, sobre el "tan odiado", y a la vez tan alabado, sistema de cupos de género instrumentado durante la legislatura pasada para diversos ámbitos socio-económicos y políticos. Dejemos por un momento de lado los matices técnicos sobre el tipo de cupo y las características del sector en que se haya implantado y centrémonos en la crítica a él. Básicamente, ésta se construiría sobre dos argumentos: 1) el sistema de cupos es esencialmente injusto, pues el acceso de a los puestos de poder no se realizará en virtud del mérito, el conocimiento, el capital intelectual...etc., sino en base a una cuota que supone una distorsión al sistema de incentivos individuales (o dicho de otra manera, las cuotas de poder y dirección deben estar ocupadas por los más capacitados -de lo cual no tengo duda personalmente-, sean hombres o mujeres -esto suele añadirse para dar cierta respetabilidad al argumento-); 2) el sistema de cupos supone una intervención paternalista del Estado que denigra y estigmatiza las mujeres en conlleva que su evolución y progreso dependa exclusivamente de "papa-Estado" (por utilizar la nomenclatura con la cual el pensamiento único designa el conjunto de instituciones mediante las cuales desarrolla su fuerza bruta y configura políticamente los privilegios de diversos estamentos sociales -los socialistas preferimos llamar simplemente "Estado" al conjunto de instituciones públicas desde el cual desarrollamos nuestras políticas socialmente compensatorias-); y, por añadir algo un elemento más de intelectualidad, podríamos señalar como contraargumento, por ejemplo, no sé: 3) la abuela fuma.
Entiéndaseme que no pretendo hacer ningún tipo de sorna al respecto, todo lo contrario. Más bien es una vía de escape ante tanta ignorancia (pues, aún legítima, a veces exaspera). Cuando personalmente no tengo demasiados conocimientos de un tema, cuando en general desconozco sobre algo que sale a debate, con sinceridad y humildad, prefiero callarme, escuchar, y si una de las posturas me convence, hacerme una idea inicial de que el interlocutor que la defiende puede estar, probablemente, en lo que en términos generales podamos llamar "llevar la razón". Pero, con sinceridad también, respecto del tema de los cupos se dicen tal cantidad de sandeces, con una cadencia y magnitud tan asombrosas que uno se plantea hasta qué punto, realmente, una parte de la sociedad se guía por prejuicios no ya solo completamente retrógrados sino que la única apoyatura en que se sustentan es el atávico sentimiento de contrariedad que legítimamente se pueda tener respecto de la opción política que implemente un tipo de medida y, por tanto, se trata de argumentos, como es el caso, carentes de cualquier base empírica. Y, en el caso de los cupos, me parecen especialmente exasperantes, ya no solo por faltos de fundamento, sino, especialmente, por injustos, injustificados, y desalentadores en el empeño de mejorar y evolucionar como sociedad, cuando provienen del género femenino.
Probablemente, desde su perspectiva, construida sobre la demagogia que destila el espíritu "ladies against feminism", no tardarían en denominarme, al defender esta medida, como el prototipo de hombre "pretty woman", pues se supondría que yo conceptualizaría a la mujer como necesitada de un altruísmo que nadie me ha pedido, actuando de manera paternalista al infravalorar su capacidad. Sin embargo, todos sabemos que esa perspectiva es mentira, otra cosa es defenderla por interés. Esto se relaciona en realidad, con el segundo"argumento" contra los cupos, pero, por seguir un orden, analicemos antes el primero.
El primer postulado anticupos posee una fuerte raigambre, como no, en la teoría económica neoclásica y, en este caso, en su interpretación sobre el mercado laboral. La teoría económica ortodoxa es clara y, a priori, sus conclusiones parecen lógicas y consistentes: si se deja operar al mercado, todos los empleadores competirán por los trabajadores con mayor capital humano, siendo ésta la única variable relevante en el proceso de búsqueda de empleados, lo cual, aplicado al ámbito de dirección empresarial (es decir, al de los cargos detentadores de poder), ya sea por contratación o por promoción interna, supondría que éstos estarían ocupados exclusivamente por los individuos más capacitados, más eficientes y que generen unas expectativas más positivas para la empresa de que se trate. Solo haría falta un requisito básico que, paradójicamente, la teoría neoclásica presupone pero no ha explicitado (supongo que ello responde a que explicitarla supondría una demostrar cierta necesidad de intervención del Estado) ni siquiera cuando Gary Becker desarrolló su teoría del "capital humano" sustentado en la formación y ésta fuera aceptada a regañadientes por el resto de compañeros de escuela: la existencia de una igualdad en el acceso a la dotación en capital humano (formación). Ante esas variables, el resultado debería ser el previsto por la lógica neoclásica. Sin embargo, la realidad es radicalmente distinta:
- 1) Existe una igualdad en cuanto a la formación entre hombres y mujeres, incluso la balanza se inclina en favor de las mujeres:

Estadísticas comparativas entre los resultados del hombre y la mujer frente a los estudios superiores. Fuente: Ministerio de Educación
- 2) Puesto que la dotación en capital humano e intelectual es, como mínimo, similar entre hombres y mujeres, la aplicación de la teoría ortodoxa del mercado de trabajo supondría la existencia de una paridad fáctica, no obligada legalmente, sino determinada por el simple juego de las reglas del mercado, o incluso una preponderancia mayor de la mujer en los puestos de dirección empresarial, y más si tenemos en cuenta que esta tendencia a la igualdad en la formación (o incluso mayor formación de las mujeres) es así desde hace dos décadas (es decir, que ha pasado un tiempo suficiente para que, en virtud de las características de la oferta de trabajo -los trabajadores- se haya realizado la transición desde una situación de preponderancia eminentemente masculina a un escenario equitativo). Sin embargo, la realidad es también completamente distinta:
Mujeres en posiciones de gerencia. Fuente: INE
Mujeres en posiciones de gerencia (datos desagregados). Fuente: Ministerio de Educación
¿Qué conclusiones podemos sacar al respecto? En primer lugar, que en el plano puramente económico, que en ciertos contextos, las convenciones sociales, los roles adquiridos y la inercia socio-política (en nuestro caso, del nacional-catolicismo) supone una quiebra de los efectos positivos que en este plano puede tener la competencia, pues frente a lo que desde luego es una pérdida de eficiencia (y, consecuentemente, de bienestar), basada en el no posicionamiento de aquel sector más formado de lo que, a su vez, es la mitad de la población no existe una corriente empresarial y de management lo suficientemente lúcida como para aprovechar un capital intelectual despilfarrado desde hace dos décadas. En otras palabras, en muchos casos, los prejuicios son más fuertes que la racionalidad económica. Por tanto, adoptar este enfoque de manera acrítica como el prisma desde el que configurar las políticas públicas supone un grave error, no sólo por las consecuencias sociales que ello pueda tener, sino, incluso, y frente a la opinión mayoritaria de la profesión económica, por sus pobres consecuencias económicas en multitud de casos, tal y como ocurre en este.
Desde aquí podemos abordar más faciltamente el segundo juicio arguemento, pues es, en realidad, un mero juicio de valor sustentado, justamente, sobre la premisa de la racionalidad económica, bajo la premisa de que los empleadores dejarán de un lado sus prejuicios (ya sean mas o menos conscientes o bien por la propia inercia social) para apostar por una mayor eficiencia. Así, la tesis de que las políticas de paridad suponen una vejación paternalista de la mujer, puesto que desconfiarían en su capacidad, sólo se sustentaría si, efectivamente, lo que la mujer con formación, a la hora de actuar en el mercado de trabajo, pudiera aportar fuera, por sí solo, suficiente como para doblegar prejuicios morales, convenciones sociales o inercias sociológicas. Puesto que esto no ocurre, como nos demuestra la realidad, puesto que existen fuerzas que doblegan de manera irrancional la capacidad de la mujer de promocionarse en el mercado de trabajo y, por ende, en la sociedad, estas políticas, por agresivas y controvertidas que pueden ser, están perfectamente legitimadas en tanto tienen el objeto de enfrentar un panorama sumamente injusto en el plano social pero, a la vez, negativo económicamente, pues al enfrentar prejuicios sociales que están generalizados por todo el tejido económico, ninguna empresa ve entorpecido su actividad por desarrollar una actividad económicamente irracional, como sí ocurriría en caso de no existir esa generalización.
Por tanto, desde mi punto de vista, este segundo argumento no demuestra sino un muy preocupante desconocimiento, o una aún más preocupante facilidad de realizar una propaganda demagoga, por parte de bastante un extenso sector de la sociedad. Y es que, justamente, si el mecanismo de mercado funcionara y castigara a las empresas que actuaran de manera irracional, es decir, si la capacidad fuera el valor único que ponderara el progreso individual simplemente no estaríamos hablando de este problema. La lógica de las medidas paritarias y de cupos es, justamente, que el gran contraargumento que se profiere contra ellas dibuja una realidad falsa, y es justamente en base a esa falsedad sobre la que se construyen este tipo de políticas. Sí existe, por tanto, el famoso "techo de cristal" que, al no poder romperse individualmente, y al suponer una merma arbitraria de la libertad y de la autorrealización personal, legitima a otra instancia, la política, a proceder a ello. Es más, si su argumento de que los puestos de poder se ocupan irrefutablemente por las personas más capacitadas fuera efectivamente verídico, y no una falacia con claros tintes políticos, entonces todas las personas que lo sostienen y, en concreto, las mujeres que así dicen pensar, lo que estarían expresando en realidad es la propia inferioridad de la mujer ante la escasa presencia del género femenino en las cúpulas de poder económico.
Por tanto, si entonces el discurso contra los cupos es tan zafio y endeble, ¿por qué es tan popular para un sector de la sociedad española? y, en concreto, ¿por qué es tan defendido por cierto ámbito del pensamiento femenino? La respuesta es mucho más simple que toda la argumentación anterior: porque nace de una determinada corriente de pensamiento, vinculada, en el mejor de los casos, a lo que en la historia de las ideas se ha denominado "feminismo liberal", un tipo de feminismo imbricado en la herencia del sufragismo victoriano y de la reivindicación de los derechos políticos durante el S. XIX propio de las burguesía femenina, y, por tanto, regido en el plano social por la mismo recta defensa al sometimiento a los principios del laissez-faire, cuando no directamente supone otra extensión más del discurso neoliberal-conservador. Y es que, desde esta perspectiva, no se duda en afirmar la inexistencia del "techo de cristal" que aquí hemos demostrado tan veraz como lesivo; en alegar la existencia (nada menos) de un supuesto "carácter victimista" por parte del feminismo que vendría a suponer (de nuevo, nada menos) que el feminismo imbuye a la mujer en una actitud pasiva en la que lo que desea es ser "rescatada por el hombre" (cuando, en realidad, el porcentaje total de mujeres que desarrollan una actividad como autónomas es del 48%, lo que demuestra que se tiene la misma "aversión/afinidad al riesgo" que el hombre; que esta forma de feminismo ha impuesto un "discurso de lo políticamente incorrecto", cuando lo verdaderamente incorrecto desde el punto de vista político, desde lo que es el discurso oficial del "pensamiento único" de nuestro tiempo, la moda neoliberal, es afirmar tajantemente (y demostrar con hechos y datos como hemos hecho aquí) la falta de racionalidad de la casi totalidad de la cúpula empresarial de este país y la incapacidad del mercado sus efectos inocuos sobre ellos mismos al preponderar sobre ésta los viejos y apolillados prejuicios sociales; o, finalmente, y volviendo a algo ya dicho, el supuesto carácter paternalista y "principesco" de los hombres que defendemos esta postura, cuando, en realidad, la conclusión a favor de estas políticas no es ni más ni menos que la aplicación de nuestros principios progresitas, de nuestro veraz de libertad, a otro fenómeno social, es decir, el sencillo razonamiento de que se trata de una forma de discriminación sustentada sobre el objetivo de preservar los privilegios que otorgan ciertos ámbitos de poder a quien tradicionalmente ha ocupado éstos y privan a miles de mujeres que han forjado su trabajo con esfuerzo de posibilidades de progreso.
Es triste, aunque totalmente legítima, la existencia de soflamas propagandísticas como éstas, basadas en argumentos denigrantes no sólo para la mujer, sino para la sociedad en general. Carentes de total base científica, sólo es necesario una vida económicamente acomodada, con "mas o menos todo" ya dado ab origine, y un carácter elitista muy abundante en este país de nuevos ricos (y, en el mejor de los casos, alguna editorial amiga) para permitirse una estrechez de miras tal sobre la realidad social (aunque en verdad se sea consciente de la magnitud y de la dinámica de problemas como éste) como para embadurnar con un aire clasista y pseudocientífico visiones tan sesgadas y tan desesperanzadoras del mundo que nos rodea y sus problemas. Es triste ese carácter clasista, que, además, para ser sustentado exige unas dosis cuantiosas y a partes iguales de ignorancia y arrogancia, pero lo peor es su cruda eficacia en envenenar nuestro día a día con el solo y obsesivo objeto de mantener una estratificación social que beneficia a quien proclama este discurso.
Triste pero real.
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